Vivian, Danae, Verónica.

Una mujer encerrada en el fondo de un pozo, con un vestido blanco y una peluca rubia. Le cae purpurina dorada sobre la cabeza, la cara y los hombros. Con el rostro serio y los ojos cerrados recibe estoicamente la lluvia dorada. Cuando todo acaba, nos mira, a nosotros, espectadores pasivos deslumbrados por el brilli brilli. Vuelve a mirar hacia arriba con resignación. Hacia el exterior. La luz que se intensifica hace brillar la purpurina y quizá advierte de un nuevo baño.

Ella ha quedado cubierta de dorado, convertida en un ser fantástico, sobrenatural y casi inhumano.

La purpurina promete una capa de Diosa deslumbrante, a cambio de picores y de introducirse en cada parte de tu cuerpo, en cada orificio. De vivir ahogada por la purpurina.

En 153 cm. sobre el mar, Verónica Ruth Frías se convierte en el personaje protagonista, como ocurre en gran parte de su obra. Un elemento que se repite en sus caracterizaciones es una peluca rubia, con flequillo, corte bob, muy lisa y que nos recuerda a más de una película distópica. Una peluca siempre oculta lo que hay debajo, nos vuelve impersonales.

En “Resurrección” no puedo evitar acordarme de Vivian, esa prostituta que Julia Roberts encarna en Pretty Woman, que usa esa misma peluca rubia para atender a sus clientes. Siendo el elemento que protege su vida privada de su vida profesional.

“Es necesario que la Hija de la Diosa sea entregada en manos de los pecadores, que sea crucificada y que resucite al tercer día”

Nuestra Vivian es también Danae. Encerrada por su padre para proteger su virginidad, pero violada por Zeus que burló el encierro cayendo sobre ella convertido en lluvia dorada. Y es también, todas esas mujeres que es necesario que sean entregadas a manos de los pecadores, que sean crucificadas, prostituidas, miradas, folladas, utilizadas y quizá, “salvadas” por su Richard Gere.

Pero Verónica recibe un bucaque de purpurina con la resignación y entereza de saber que no resucitará al tercer día.

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